Estoy triste. Estoy en uno de esos momentos en que uno se pregunta si merece la pena todo esto. Si no sería mejor tirar por la
calle'n medio, como dicen por el Sur. Irse, como se ha ido alguno de mis amigos. Irse, como yo me fui casi alguna vez.
Ese es el tono vital ahora (no se porqué, así toca). Y hay que pasar por esto. Y pienso en don Quijote, nuestro héroe. En su viaje de vuelta, derrotado. Cuando volvíamos el otro día, nosotros, de Tiera Santa, en el avión, a mi lado, en el asiento junto a la ventana, había un chico arrebujado, dormido, uno de esos muchachos jóvenes que llenan ahora los vuelos baratos. Esos con pantalones caídos que van enseñando el calzón. Minutos después del despegue, con cualquier excusa, entabló conversacíón. Tenía una sonrisa un tanto somnolienta. Me dijo que era judío (religión judía, no confundir con nacionalidad). Chileno. Hablamos de Allende. No conocía su discurso radiado, el mismo día de su muerte, cuando profetizaba que más pronto que tarde volvería la libertad a pasearse por las Alamedas. No conocía ese tiempo. Alabó el trabajo de los de Milton Friedman y la economía emergente de su patria. Todo era previsiblemente triste. Se llamaba Nacho (después de anunciarlo me preguntó mi nombre). Un chico encantador. Inaccesible, como perteneciente a un mundo vedado para mí. Pero, ya a punto de claudicar en mi intento de conectar con él, resultó que Nacho era Cervantino: el Quijote era su libro de cabecera.

Y hablamos de Alonso Quijano. Coincidíamos en admirarle, porque el de verdad veía gigantes y se lanzaba contra ellos, con el mismo valor que si hubieran sido de verdad. No lo eran. Ahí la broma, el ridículo. Pero ¿qué importa? Para él eran gigantes y su valor era del mismo tamaño que su miedo.
Y a eso vengo. Al miedo. Ese miedo mío me convierte en héroe. Sea del tamaño real que sea lo que me asusta. Yo lo enfrento (corazón encogido) y apuesto la vida por ser un caballero. "Por delicadeza he perdido mi vida". Por responder a un código de honor. Y cuanto así me cuestionaba las cosas, encontré al otro día, en los períodicos, un cuento sobre otras aspas, otros molinos.

Era la historia de otro héroe: Esteban Morrás, ese chico de Sesma, mi compañero de carrera en Pamplona. Un navarro (como yo) que resulta que ha hecho historia entre los empresarios españoles. Uno que ha triunfado. Sembró de molinos nuestra tierra natal. Y luego supo vender su sueño a medio mundo. Vendió EHN a Acciona y desde allí convirtió esta inmobiliaria en una potencia de las energías renovables. Ahora deja su puesto de Director Gerente de Endesa y vuelve a su tierra, quizás para presidir Osasuna.
Mi compañero. Veo su foto y es el mismo, la misma cara noble de hombre cabal. Navarro sin ninguna duda. Leo las reseñas: ha dado una lección de gestión ética de los negocios. Y me siento orgulloso de este compañero, de este compatriota, que se retira, después de poner en marcha un mar de gigantes en Navarra y en medio mundo.

Como todos los audaces (como don Quijote) las hazañas de Esteban nos cuestionan: ¿habré hecho en mi vida algo que merezca la pena? ¿me esforcé lo suficiente? Pero ya es tarde. Esteban se jubila y a mí me faltan muchos años. Él ha hecho historia y yo sigo con estos expedientes minúsculos, con la rutina diaria, insistiendo en el hastío. Nada heróico. Nada comparable a Esteban, ese compañero mío (que fue siempre uno más, inadvertido). Una vida sin épica.
Como Alonso Quijano, me ha llegado la hora de ver las cosas como son: en el lecho de muerte don Quijote se hace consciente del ridículo que ha protagonizado. Se creyó un héroe pero en realidad ha sido un payaso. La lucidez convierte todo en tontería. Pero cuando leo su muerte, quisiera decirle: "No estés triste: has sido un valiente, tu valor ha sido de verdad, creíste en lo que hacías, creíste en tu Dulcinea, esa que para tí era la más bella...fue real, fue verdad, no te mueras renegando de lo que hiciste, no te sientas ridículo. Has sido, secretamente, un héroe como los que admirabas".